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Esta imagen microscópica mediante barrido electrónico muestra el SARS-CoV-2 (objetos dorados redondos) emergiendo de la superficie de células cultivadas en laboratorio. SARS-CoV-2, también conocido como 2019-nCoV, es el virus causante de la COVID-19. Foto: National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID).

Pandemias, salud mundial y el poder de las elecciones de los consumidores

Si bien se están haciendo grandes inversiones en el desarrollo de vacunas y tratamientos para controlar los daños del actual brote de coronavirus, es poco probable que estos desarrollos (necesarios y bienvenidos) nos protejan de futuras epidemias. Haríamos bien en tener la misma sensación de urgencia para acelerar el desarrollo de nuevos métodos de producción de alimentos, que incluyan el desarrollo de alternativas a la proteína animal.

Típica granja intensiva porcina en España Foto: Equalia

Cynthia Schuck, bióloga evolutiva, analista de datos, epidemióloga, editora científica e investigadora en bienestar animal. 

30 mayo 2020

El brote del nuevo coronavirus, SARS-CoV-2, le está dando al mundo una muestra de lo que es capaz de hacer una pandemia de virus respiratorio. Si en la era de los motores de vapor el virus de la gripe de 1918 se extendió rápidamente a través del mundo, no es ninguna sorpresa que en estos momentos de viajes globales masivos, el virus haya llegado a todas partes del mundo en pocas semanas.

Para ralentizar la tasa de infección y evitar el colapso de los sistemas de salud, muchos países anunciaron estados de alarma y medidas de confinamiento que anteriormente solo se habían visto en películas de ciencia ficción. Si, por un lado, el número de víctimas directas que provocará este virus es aún incierto, por otro, tenemos menos duda del desastre económico que ya se está desarrollando entre las poblaciones más vulnerables.

¿Es realmente inevitable vivir bajo la creciente amenaza de pandemias y otras epidemias de enfermedades infecciosas? ¿Podría hacerse algo para, no solamente mitigar sus efectos, sino reducir la posibilidad de que ocurran?

Por suerte, el SARS-CoV-2 no es tan grave como el SARS de la epidemia de 2002-2003, donde la tasa general de muerte ascendía al 10 %, llegando a más del 50 % en la población de edad avanzada. Resulta difícil imaginar las consecuencias que tendría una letalidad tan alta si se combinase con la alta transmisibilidad de este nuevo coronavirus. Además, la demográfica de los más afectados en este nuevo brote es menos dañina para el funcionamiento de la sociedad que las pandemias de gripe de 1918 o 2009, que afectaron sobre todo a personas jóvenes.

En la comunidad científica, se habla a menudo de la inevitabilidad de las pandemias y brotes de otras enfermedades graves. Pero ¿es realmente inevitable vivir bajo la creciente amenaza de pandemias y otras epidemias de enfermedades infecciosas? ¿Podría hacerse algo para, no solamente mitigar sus efectos, sino reducir la posibilidad de que ocurran? Si este es nuestro objetivo, debemos asumir el desafío y hablar abiertamente de las causas estructurales que subyacen estos eventos

Esta imagen microscópica mediante barrido electrónico muestra el SARS-CoV-2 (en naranja, también conocido como 2019-nCoV, virus causante de la COVID-19), aislado de un paciente en EE. UU., emergiendo desde la superficie de células (en verde), cultivado en laboratorio. Imagen tomada y coloreada en el Mountain Laboratories (RML) del NIAID en Hamilton, Montana. Foto: National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID).

Epidemias de enfermedades infecciosas

 

¿Cuál es el origen de estos brotes? En el caso de la pandemia actual, el sitio más probable como punto de origen fue un mercado húmedo en Wuhan, China, donde se venden animales vivos y muertos para consumo humano. Si esta hipótesis se confirma, no sería demasiado sorprendente.

A lo largo del último siglo, las pandemias y epidemias con potencial de pandemia se originaron predominantemente por el consumo de animales salvajes por parte de seres humanos, o por la transmisión animal-humano de patógenos «cultivados» en animales inmunodeprimidos que viven en sistemas de ganadería intensiva.

Este fue el caso, por ejemplo, de los brotes de Ébola (que siguen ocurriendo), la epidemia de SARS de 2002-2003, la gripe porcina (H1N1) de 2009 y los múltiples brotes de gripe aviar. En los últimos casos, la ganadería avícola y porcina hizo de puente genético entre el virus salvaje y el virus que finalmente se extendió entre la población humana.

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En respuesta a la pandemia del coronavirus, China ha anunciado una prohibición en el consumo y comercio de fauna silvestre (también fue prohibida después del brote de SARS de 2002-2003, pero duró poco). Aunque esta sería una medida muy bien recibida (aunque tardía), tanto en términos de salud pública como de bienestar de los animales con los que se comercia en estos mercados (a menudo criados en confinamiento y mantenidos vivos en los mercados en condiciones de mala higiene, hambre, sed y maltrato), no debería crear una falsa sensación de seguridad: el riesgo de brotes de enfermedades infecciosas no está restringido al consumo y comercio de animales salvajes.

Las especies domesticadas como el pollo, el cerdo y el ganado vacuno actúan como huéspedes intermedios o amplificadores, en los que los patógenos pueden evolucionar y extenderse a los humanos. Los cerdos son particularmente aptos para este efecto, actuando como recipientes de mezcla para la recombinación de material genético de múltiples cepas virales.

En estos sistemas intensivos de producción, los animales padecen inmunodepresión inducida por el estrés crónico, por la que los individuos pierden parcialmente la respuesta inmune que les protege contra las infecciones.

Además, el confinamiento de gran número de animales en espacios cerrados y estériles promueve el desarrollo de altos niveles de patogenicidad de muchas maneras. En primer lugar, facilitando un rápido contagio de animal a animal de múltiples cepas virales y la mezcla y recombinación de su material genético. Además, los virus se enfrentan a huéspedes increíblemente susceptibles de infección en los que los patógenos pueden alcanzar altos niveles rápidamente.

En estos sistemas intensivos de producción, los animales padecen inmunodepresión inducida por el estrés crónico, por la que los individuos pierden parcialmente la respuesta inmune que les protege contra las infecciones. Aunque las instalaciones modernas cuentan con protocolos de bioseguridad, la gran escala de productos generados en estos sistemas (excrementos, animales vivos y muertos y sus fluidos corporales), la dependencia de múltiples actores en la cadena de producción, el transporte de animales vivos nacionalmente y a través de las fronteras, y la posibilidad de la contaminación del producto final hace estas medidas insuficientes.

Típica granja intensiva de pollos de engorde. Foto: hdy1guy / Shutterstock.

Hay muchos ejemplos de brotes, pero posiblemente el más conocido sea el de los virus de la altamente patogénica influenza aviar A o gripe aviar. La letalidad de este virus, que ya ha infectado a seres humanos, es increíblemente alta, con más de la mitad de personas infectadas fallecidas. En 2017 y 2018, se reportaron casos de infecciones en instalaciones avícolas de múltiples países asiáticos y africanos y en 2020, se han producido múltiples brotes en Filipinas, Alemania y los Estados Unidos. Por suerte, la transmisión sostenida de persona a persona sigue siendo poco probable, pero puede ser cuestión de tiempo.

 

 

Perdiendo la batalla frente a las infecciones: resistencia antimicrobiana

 

Antes del desarrollo de los antibióticos, la humanidad vivía en un mundo diferente. Una infección en un pequeño corte podía ser fatal. Las cirugías eran prácticamente impensables. Dar a luz era una ruleta rusa, ya que las infecciones perinatales no podían ser tratadas. Los hospitales eran sitios en los que poco se podía hacer para tratar a pacientes graves.

Según la Organización Mundial de la Salud, «el mundo se dirige hacia una era posantibiótica en la que infecciones comunes podrían volver a matar».

Todo esto cambió con el descubrimiento de la penicilina en 1928, el primer antibiótico. No solamente hizo posible el tratamiento de heridas e infecciones, sino que también permitió procedimientos médicos invasivos, cirugías y quimioterapia. Los antibióticos abrieron las puertas del mundo que conocemos hoy en día.

Así que no es sorprendente que la aparición de bacterias resistentes a los antimicrobianos se considere una de las grandes amenazas para la salud mundial. Los patógenos que causan serios problemas médicos, o complicaciones derivadas de esas condiciones (como tuberculosis, varias enfermedades de transmisión sexual, infecciones urinarias, neumonía, e infecciones propias de entornos hospitalarios) son actualmente resistentes a un amplio espectro de antibióticos.

Según la Organización Mundial de la Salud, «el mundo se dirige hacia una era posantibiótica en la que infecciones comunes podrían volver a matar». En este escenario actualmente en desarrollo, alrededor de 700 000 muertes al año ocurren debido a infecciones resistentes a antibióticos, y se estima que en 2050 se producirán alrededor de 10 millones de muertes por esta causa (más que el cáncer o la diabetes) bajo un escenario de continuidad. 

Los alimentos de origen animal pueden ser el vehículo para la propagación de genes con resistencia a múltiples fármacos.

Aunque parte del problema es el uso excesivo de antibióticos por parte de la población, de lo que se habla menos es del hecho de que la gran mayoría de los antibióticos (más del 70 %) que se venden en el mundo no son usados en seres humanos, sino en animales criados en sistemas de ganadería intensiva.

En estos sistemas, los antimicrobianos se usan ampliamente, no para tratar a animales enfermos (lo que sería justificable), sino de forma profiláctica, para asegurar la supervivencia de miles de millones de animales de frágil salud en las horribles condiciones de las granjas industriales.

No es sorprendente que en casi todos los estudios realizados sobre este tema se hayan aislado bacterias resistentes a los antimicrobianos en animales destinados al consumo humano y en los productos alimenticios derivados (como carne de pollo y cerdo) vendidos en supermercados. Los alimentos de origen animal pueden ser el vehículo para la propagación de genes con resistencia a múltiples fármacos.

Información sobre resistencia a antibióticos de la OMS. Imagen: @ONU_es.

¿No es hora de que hablemos sobre esta verdad incómoda?

 

En lo que respecta a los patógenos con transmisibilidad entre seres humanos (para quienes somos sus anfitriones), en la actualidad vivimos en una «gran aldea global». Así que la lógica de la salud pública aplicada al «fumador o fumadora pasiva» es aplicable, a escala mundial, en lo que se refiere a las enfermedades infecciosas.

Las dinámicas sin fronteras de las enfermedades zoonóticas y la resistencia antimicrobiana nos convierte, en cierto sentido, en «comedores pasivos de animales salvajes», «visitantes pasivos de mercados húmedos», «trabajadores pasivos en granjas industriales» y «consumidores pasivos de carne industrial».

Tendemos a abordar cada nueva epidemia y crisis de salud pública de manera independiente, en vez de reconocer sus impulsores comunes. Los animales domesticados se han usado para consumo durante milenios, pero en las actuales sociedades modernas debemos admitir, honestamente, que la manera en la que criamos animales para consumo no es solo insostenible y poco ética, sino también una grave amenaza a la población mundial.

Ya está en marcha una revolución en el sector alimentario, con una diversa gama de productos que incluyen la carne vegetal y también la carne producida a partir de células.

Si bien se están haciendo grandes inversiones en el desarrollo de vacunas y tratamientos para controlar los daños del actual brote de coronavirus, es poco probable que estos desarrollos (necesarios y bienvenidos) nos protejan de futuras epidemias. Haríamos bien en tener la misma sensación de urgencia para acelerar el desarrollo de nuevos métodos de producción de alimentos, que incluyan el desarrollo de alternativas a la proteína animal.

De hecho, ya está en marcha una revolución en el sector alimentario, con una diversa gama de productos que incluyen la carne vegetal y también la carne producida a partir de células. Sin embargo, en última instancia, la demanda de fuentes alternativas de proteínas debe provenir de la población, de modo que el mercado responda adecuadamente.

Así como ejercitamos nuestra responsabilidad ciudadana adoptando las medidas necesarias para frenar la curva de la COVID-19 y proteger nuestras comunidades, debemos ejercerla también en el supermercado, pensando en la mejor manera en la que a través de nuestras elecciones alimentarias podemos ayudar a construir un futuro más seguro para las generaciones venideras.

Cynthia obtuvo su doctorado en Zoología (Biología Evolutiva/Cognición Animal) por la Universidad de Oxford. Tras su doctorado, recibió becas de investigación en Oxford y Brasil, además de llevar a cabo varios proyectos de investigación para instituciones de Reino Unido, EE. UU. y Brasil. Como científica, ha publicado artículos sobre diversas materias, que van desde la evolución de la cognición avanzada y la epidemiología de las enfermedades hasta el modelaje matemático de las distribuciones animales basadas en el clima. Ha sido conferenciante invitada en diversos países y ha enseñado análisis de datos y diseño experimental durante varios años en Reino Unido y Brasil. Desde 2005, ha estado involucrada en distintos proyectos de investigación sobre salud global, métricas y sostenibilidad. También ha trabajado como especialista en fomento de la capacidad científica en ciencias biológicas, agrícolas y médicas, impartiendo conocimientos a cientos de universitarios e investigadores. Ha trabajado como consultora científica en salud global para diversas instituciones de investigación, además de realizar investigaciones como voluntaria para varias organizaciones no lucrativas. Actualmente, lleva a cabo investigaciones en el área de la salud y el bienestar animal.

Las opiniones expresadas en este artículo son las de su autor o autora. No pretenden reflejar las opiniones o visión de Equalia ni la de las personas que forman parte de Equalia.

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Dr. Peter J. Li., profesor adjunto en Políticas de Asia Oriental en la Universidad de Houston-Downtown

26 mayo 2020

Sin tratar de negar la existencia de tergiversación intencionada por parte de algunos periodistas, creo que existe una considerable confusión por parte de los medios occidentales con respecto a los mercados húmedos en China. Además, parece que la percepción de un supuesto consumo generalizado de animales salvajes en China está siendo ampliamente aceptada en Occidente.

 

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